Acero inoxidable

Acero inoxidable

Cristina Liceaga

Despiertas. Sientes el nudo que palpita bajo tu espalda. Lleva días ahí. Es una sensación oscura que te impide moverte, hacerte a la vida.

Te acurrucas bajo las sábanas y decides que no abrirás la tienda que te heredaron tus padres.  Otra vez, como desde hace días. Como desde la tarde polvorienta en la que ÉL tomó las cosas que había olvidado en tu coche y se fue dando un portazo.

Una semana ya de eso.

Dejas que los recuerdos te invadan, que expandan el nudo que palpita bajo tu espalda hasta hacerse insoportable.

Estás fuera de control. Crees que ha llegado el momento de darle forma a la decisión a la que, desde hace días, le das vueltas.

Sales de la cama, te pones unos jeans viejos y desteñidos, una sudadera que te queda grande. Tomas el celular y las llaves de tu casa. Sabes cómo son estas cosas.

Sientes cómo los muslos se van estirando, cobrando vida, coordinándose con los otros músculos de las piernas. Das veinte pasos y te vas.

Sales a la calle. El sol de mayo te recibe hostil. Es un sol duro, deslumbrante, que  quema.

Caminas por las banquetas repletas de escolares que corren en sentido contrario, rozándote con sus mochilas, golpeándote con los hombros.

Piensas que si pudieras volver atrás, a tus años de adolescente, cuando sentiste por primera vez el nudo que ahora te invade, habrías ido con el doctor. Pero en esa época tú y tus padres lo tomaron como un síndrome más de la adolescencia. Pensaron que con los años se desvanecería. Se rieron de las recomendaciones de los maestros para que te viera un psicólogo.

Pero ya es demasiado tarde. El nudo comienza a expandirse por tu cuerpo, oprime tu garganta, los intestinos, el pecho.

Ves el puente peatonal y crees que ha llegado el momento. Te imaginas cayendo, rompiendo el viento con las palmas de tus manos. Imaginas tus tripas sobre el suelo. Retrocedes. No quieres algo así.

Entras al parque. El viento ha comenzado a soplar. El aire que rasga tu cara te tranquiliza. Sientes el gris de tu estómago deshaciéndose.

Te dices que no es la primera vez que sientes eso; que siempre es lo mismo: el nudo apretándose sobre tu cuerpo, las imágenes corriendo sobre tu mente. Como siempre, te ves saltando desde un décimo piso, lanzándote al Metro, estrellando tu coche a 200 kilómetros por hora. También sabes que poco a poco las imágenes desaparecerán, que tú respirarás y los nudos que hay bajo tu cuerpo acabarán desechos hasta que vuelvas a ser tú, la muchacha de cara redonda que canta bajo la lluvia y de la que ÉL se enamoró.

El recuerdo de su nombre es suficiente para que los nudos vuelvan a formarse. Para deshacerlos, comienzas a dar zancadas amplias, descontroladas.

Nada sirve.

Ves a un niño que a pesar de no tener tres dedos va en bicicleta. Te preguntas por qué naciste así, con esa melancolía eterna que te hace ver los problemas más grandes de lo que realmente son, como si no tuvieran remedio.

Piensas que hubiera sido mejor nacer con diabetes, con un soplo en el corazón, cualquier cosa que tuviera arreglo, no como tu enfermedad que crees incurable.

Sabes que siempre será así, que aunque haya temporadas buenas, los días negros volverán. Hoy es por SU desprecio, mañana será otra cosa, cualquier cosa: problemas en el negocio, deudas por pagar. Será mejor terminar con todo.

Te acercas al lago que está en medio del parque. Los patos que hay en él chocan entre sí, abren las alas y se golpean con el pico para arrebatarse las migajas de pan que les lanzan.

Te imaginas flotando en el agua verde y sucia, junto a los patos. Ves tus labios amoratados, tu boca abierta, la expresión de horror sobre tu cara.

Comienzas a entrar al lago cuando escuchas el tono que identifica los mensajes de ÉL. Sales de tu ensimismamiento. Sacas el celular de la bolsa izquierda de tu sudadera. Quince palabras son suficientes para romper con la imagen de ti misma flotando sobre el lago, con los labios morados y la expresión de terror sobre la cara.

¿Hablamos hoy? Te invito un café. ¡Ándale! Te marco al rato para ponernos de acuerdo.

Sales del lago. Corres a tu casa. Con cada zancada sientes cómo el nudo va deshaciéndose, desapareciendo. Sientes el sol sobre la nuca, desperezándote.

El nudo es sustituido por una sensación tersa, transparente, que te hace cosquillas sobre el corazón. Es la misma sensación que te hace cantar bajo la lluvia. Sonríes.

Abres la puerta de tu casa. En la cocina preparas unos huevos motuleños mientras tarareas viejas canciones de amor.

Estás picando la cebolla cuando escuchas la melodía que identifica SUS llamadas. Contestas alegre, sonriendo. Pronuncias su nombre con vocales festivas. Sientes paz. Crees que todo se ha arreglado.

Escuchas.

Escuchas.

Van cambiando tus facciones. Se tornan duras, opacas.

Tu voz se corta. Comienzas a llorar. Tiemblas.

Tomas el cuchillo.

El acero inoxidable roza tus venas.

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