El caleidoscopio

A los que ya no están

Advertencia: este cuento trata sobre mis memorias tempranas, por lo que nada es cierto, pero tampoco falso. Los nombres son reales, pero las acciones tal vez no lo sean. Es un cuento breve, rápido y de urgencia- no tan pulido como los otros- que surge de la tristeza y la necesidad de desahogarla. Por lo mismo, no tiene el lenguaje que acostumbro. No es un cuento para todos, tal vez sólo para los que estuvieron ahí ( la mitad ya no está aquí).

Héctor pasa rozándome. Flaquita y endeble como soy, caigo y me pongo a llorar. Como siempre lloro por todo, nadie me hace caso. Como nadie me hace caso, lloro más fuerte.  Borrado por mis lágrimas, Héctor se burla de mí. Mueve sus puños sobre los ojos, como si fueran un limpia parabrisas. Sus labios se abren formando una O, remarcando palabras que sé de memoria.

“Llora y llora y mueve sus manitas, sólo se contenta llevándola a pasear”, Héctor grita bajito, cuidándose de los regaños de su mamá.

Sigo llorando, tirada en la alfombra, al lado de los paquetes navideños, entre los que busco mi Casita del Árbol, la que me prometieron si me portaba bien. Veo canastas de mimbre con embutidos, cajitas de cassettes, bolsas de Liverpool y El Palacio de Hierro. Nada que pueda ser mi casita. Decepcionada, lloro más fuerte. Entonces, los dedos me jalan al centro de la sala y me ponen a dar piruetas.

-Ya no llores, Ana Cristi. Mejor vente, vamos a bailar.

Es mi tía Toyita, quien llegó hace tres días de Chicago con sus hijos Arman y Mariam. Toyita es prima hermana de mi mamá y se casó con el tío Hamid, quien viene de Irán. No sé dónde queda ese país, sólo sé que está muy lejos y que tienen otra religión.

Cada año, mi tía regresa a México. Su visita es una fiesta que dura muchos días, con decenas de parientes sacados de quién sabe dónde que la esperan en el aeropuerto con ramos de rosas frescas.

Toyita es como una brisa que te quita el mal humor. De joven fue aeromoza, hippie y hasta cafre del volante. Se ríe por todo y le gusta bailar.

-Mira, Ana Cristi. Date la vuelta así – mi brazo teje figuras con el suyo.

-Yo también quiero bailar – el fleco de Héctor se voltea cada vez que pega un brinco.

Al rato, todos mis primos y las primas de mis primos giramos como si fuéramos un caleidoscopio. Arman y Mariam dan saltitos tomados de la mano. Héctor se cuela entre ellos y el oso polar de su camiseta parece bailar. Georgina, Ernesto, Tere y las chinas imitan a John Travolta  Ernesto y Georgina son mis primos mayores, van en la prepa y para mí son ya viejos. Las chinas se llaman Elsa e Irma; son las primas de mis primos. Tere es mi prima consentida.

No dejo de saltar. Mis manos toman las costuras de mi trajecito de terciopelo azul y las revuelven. Luego muevo la cabeza como si estuviera en un concierto de rock, de esos que a veces ven mis otros primos, los hijos de la hermana de mi papá.

Al tercer villancico me canso y me voy con mi mamá. Parece un Ángel de Charlie con su peinado a la Farrah Fawcett. Mi papá no está. Trabaja en una tienda y llegará tarde, apenas para cenar y abrir los regalos.

Mi mamá está sentada entre mi tía Carmela y Mamatere, mi abuelita. Mi tía Carmela trae una mascada en el cuello. Es maestra de dibujo y tiene un vocho blanco. Mi abuelita huele a canela con almendras. Teje mucho y antes de mi cumpleaños siempre me pregunta qué quiero de “cuelga”.

Mamatere se ríe de lo que cuenta mi tía Martha. La tía Martha está junto al tío Güero. Son las personas más chistosas que conozco. Mi tío habla de política y de libros. Todo lo dice rapidísimo, haciendo muecas que te hacen sentir cosquillas. Martha se sabe todos los chismes de la familia. Los cuenta con los ojos, las manos y la cara. Es rubia y de ojos verdes. Vive en un departamentito cerca de mi casa en el que apenas puedes respirar.

-Mamá, ¿me compraron la Casita del Arbol? – le digo mientras me siento en sus rodillas y le arrugo el vestido

-¿Tú qué crees? – dice riendo.

-¿Ya la puedo abrir? – pregunto como si fuera medianoche.

-No, espérate. Primero hay que cenar y arrullar al niño – calma mi impaciencia con un beso.

Me abrazo a mi mamá y la despeino. Le agarro la cara y le alacio las pestañas. Mi mamá no dice nada. Los tíos Martha y Güero siguen contando chistes, pero yo me aburro y me voy a buscar mi casita junto al árbol de Navidad.

Cuando paso junto al sillón color crema, la tía Soco me detiene. Me acaricia los vellitos de los brazos y me dice: “Peluchín”. La tía fuma y le gusta jugar “pula” con sus hermanas.

El marido de la tía Soco me da miedo. Usa muletas porque le cortaron una pierna. En su casa de Cuernavaca tiene un cuarto para él sólo y los niños no podemos entrar.  Yo pienso que hay fantasmas.

Junto están sentados mis padrinos, los dueños de la casa. Para ellos soy como su quinta hija. Todos los fines de semana me quedo a dormir ahí. Mi padrino es arquitecto y buena gente. Los sábados en la noche nos metemos en su combi y nos lleva al Palacio de Hierro Durango. En el camino cantamos como El Pirulí y José José, los ídolos de mi madrina.

Cerca del espejo, están sentados la tía Hilda, el tío Fernando y la tía Concha, que aunque no son mis tíos yo les digo así. También están los abuelitos de mis primos, Chilo y Tefa, dos viejitos calladitos y formales. Papá Chilo usa sombrero y traje; Mamá Tefa, chal y bastón.

De puntitas me pongo junto al árbol, donde nadie me ve. Deletreo lo que dicen las tarjetas que están pegadas a los regalos. No encuentro nada mío. Comienzo a desesperarme cuando veo una tarjeta que dice: Para Ana Cristy, de Ernesto. Agarro el paquete y comienzo a rasgar la envoltura. Héctor se acerca y rompe mi travesura.

-Mamá, Ana Cristy está abriendo sus regalos.

De nuevo me pongo a llorar. Tere llega a rescatarme y se pone a jugar conmigo.

Tere va en la secundaria y es un relajo. Le gustan los niños y fuma a escondidas, pero siempre me protege e inventa juegos para mí como papelitos y las pistas. Con los papelitos nos rifa lugares para ver la tele. No sé porque a mí siempre me toca en el piso, y a ella en la cama con un plato de papitas y una Coca. Las pistas es mi juego favorito, tenemos que seguirlas por toda la casa, hasta encontrar un premio.

Ahora jugamos a los meseros. Les llevamos botanas y refrescos a los mayores. La tía Toya grande me pide una cuba. La tía Toya vive en Cuernavaca y trabaja en la Coca Cola. Cuando voy a su casa me gusta jugar Turista con Arman y Mariam.

Por fin nos llaman a cenar. Yo corro con mi mamá y le pregunto si ya puedo abrir los regalos. Me dice que no, que después de cenar, que todavía hay que arrullar al niño. En las escaleras que bajan al comedor – la casa está construida en desniveles -, me encuentro con mi madrina. Siempre me pregunta cosas, que cómo voy en la escuela, que si me porto bien, que si ya le escribí a Santa Claus.

Yo quisiera quedarme despierta para ver a Santa, pero siempre me duermo. Este año le pedí una muñeca que gatea y una Barbie. Como me porté bien, espero que me lo traiga.

Los niños cenamos en la cocina. En la mesa de mármol verde, que está pegada a la pared, comemos Arman, Mariam, Héctor, Ernesto, Tere, Georgina, las Chinas y yo.

Marce sirve la cena. Tiene una trenza grande y la piel morena. Cuando se ríe, se arruga toda y se hace más chiquita. Héctor y yo la molestamos mucho. No la dejamos planchar y le cantamos “Mona Lisa. Mona Lisa”, una canción que inventamos gracias al cuadro que está a la entrada de la casa. Cuando sea grande, quiero ir a París y ver la Mona Lisa de a deveras.

Héctor dice que tenga cuidado con el moco del guajolote. Al guajolote lo tuvieron amarrado en el patio por un mes. Lo mataron hace poco y hoy lo cocinaron. Ahora nos los estamos comiendo. A mí me da asco y me dan ganas de llorar, pero los demás se ríen y se me pasa la tristeza.

Mientras comemos, Georgina habla de Camilo Sesto. Está enamorada de él. Tiene todos sus discos y algunas fotos. A Georgina también le gusta Mafalda. Si me porto bien, me presta sus cómics. Yo apenas estoy aprendiendo a leer, pero me gusta ver los dibujitos e imaginarme historias. Siempre invento historias en mi cabeza. Una vez inventé que era grande y tenía una hija que ganaba una medalla olímpica.

Georgina y Tere tienen un negocio. Venden cosas de Hello Kitty. Si saco buenas calificaciones, mis papás me compran lapices y gomas. Georgina también graba cassettes con las canciones que le digas. A mi mamá le grabó uno con canciones de Abba y de Lupita D’alessio. Mi mamá no me deja escuchar a Lupita D’alessio. Dice que son cosas para adultos.

Dejo el pavo a la mitad y me voy al comedor de los grandes. Mi papá acaba de llegar y tiene cara de cansado. Mi tío Güero con sus chistes le arregla el mal humor. Me siento junto a mi mamá y le pregunto si ya puedo abrir los regalos.

-Ya casi. Nada más hay que arrullar al niño Dios.

Después de una plática que se me hace interminable, por fin mi madrina pide que subamos a la sala para rezar y arrullar al niño. Yo sólo quiero abrir los regalos.

Arman, Mariam, Héctor y yo somos los más chiquitos. Nos toca arrullar al niño. Le cantamos villancicos y rezamos en su honor. A mí los villancicos no me gustan, sólo el de los peces en el río.

Mariam y Arman cantan poco. Mariam tiene dos colitas chuecas y la sonrisa de su mamá. Casi no habla español. Si la haces enojar dice: “tú no quererme a mi como yo quererte a ti”. Arman siempre sigue a Ernesto. Le pide que le ayude a resolver el cubo Rubik y que le cuente de la NASA. Ernesto de grande quiere ser astronauta.

Por fin abrimos los regalos. Héctor y yo somos los encargados de repartirlos. Leemos los nombres de las tarjetitas como si fuéramos dos maestros de ceremonias y se los entregamos a los dueños.

Cuando acabamos, junto a mí hay cajitas y cajotas. Todas son mías. Mi mamá repite entre risas: “Ya estás como el anuncio de Mauricio Garcés. Para Mauricio. Para Mauricio”.

Abro una caja larga y salto de emoción. Es el carro de los Weebles. Me lo regalaron mis padrinos. En otra, encuentro una muñeca y un sweater que me tejió mi Mamatere.

En un paquete de colores encuentro un pitufo de peluche. Es de Ernesto. Lo compró hoy en la mañana cuando fuimos a Perisur. Ernesto me dijo que era para Mariam. Mientras abrazo al Pitufo, beso a Ernesto en el cachete.

Sólo me falta una caja. Es cuadrada y grande. Con el corazón en la garganta, rasgo el papel plateado. Mis mamá se ríe y mi papá no deja de tomarme fotos. Yo sigo rasgando la envoltura…

La felicidad se me sube a la cabeza cuando mis pupilas se pintan de follaje…

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