Adelanto II de Punto de quiebre

Adelanto que habla de la culpabilidad de Mercedes después de haberse traicionado.

Conseguí trabajo en Querétaro, gracias a un viejo amigo de La República. Llegué un jueves mediocre, con el sol tibio que se ocultaba entre las nubes. El viento me depositó junto a la casa de huéspedes donde habría de vivir los siguientes meses. Fue mi flagelo, la manera de expiar mis faltas.

Con el tiempo, la soledad se apergaminó en mis cobijas. La libertad del trabajo freelance hizo que me parapetara en el cuarto vacío, apenas roto por la monotonía de la cama, del escritorio y el clóset. Dejé de comprarme ropa, de ir al cine, de salir a restaurantes. Evitaba a mis padres; no hice nuevos amigos. No lo merecía.

Fueron meses azul agua. Bestias internas daban vueltas sobre mí, zarandeando mi conciencia. La vida corría despacio. Me movía mecánicamente. Un dedo acá, una pierna allá, una mano cayendo descuidada sobre el teclado. Me costaba trabajo escribir, caminar. Arrastraba las piernas en una sucesión de pasos que no iban a ninguna parte. Pasaba las noches en blanco, escuchando el silencio de la madrugada goteando sobre la ciudad. El corazón se cubrió de lodo; ahogado en la desfachatez de mis excesos con Matías.

Yo, Mercedes Tirado, había sido parte del remolino que jodía, aún más, al país de los jodidos.

Yo, Mercedes Tirado, había gozado de los resorts de lujo, los restaurantes de mil pesos y los sábados Palacio, cuando Matías invitaba: “compra lo que quieras, yo pago”.

Yo, Mercedes Tirado, la hija rara, la periodista, había vivido con un alto funcionario de Los Pinos. Un triunfador para Alicia. En cambio, Valeria sólo conseguía novios mediocres. Por primera vez le ganaba a mi hermana; por primera vez sentí el amor de mi madre.

Yo, Mercedes Tirado, me había traicionado a mí misma.

(…)

Matías y yo nos amábamos. La infidelidad no existía en nuestro diccionario de palabras inventadas. Después de nuestro encuentro en el PAN, me tatué de Matías. El tatuaje creció, maduró, y se expandió por el flanco derecho de su cadera. Desde ahí vi caer al dinosaurio; vi crecer la corrupción azul hasta cubrirme de ella.

Habíamos recorrido el país entero; bañándonos de él, planeando futuros, bailando madrugadas en sus pueblos. A veces peleábamos, discutíamos por tonterías, nos mentábamos la madre; pero siempre terminábamos besándonos bajo las caderas del amanecer, perdidos en su laberinto.

 

 

 

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s