Adelanto Punto de quiebre

Les dejo un adelanto de Punto de quiebre, en esta ocasión se trata de una parte política: el asesinato de Colosio y la promesa entre los protagonistas que es parte medular de Punto de quiebre. 

La redacción olía a adrenalina, cigarros a medio fumar y restos de comida asiática. Las voces se perdían silenciosas entre los cubículos de vidrios transparentes y las sillas pintadas de fucsia. Esa noche, La República fue tan silenciosa como un paraje lunar.

Matías y yo apenas llevábamos dos meses de trabajar en el periódico; éramos aprendices de todo y de nada. Nuestra labor se reducía a checar cables y esperar las llamadas de corresponsales que dictaban el adelanto del día. La mayor parte del tiempo la pasábamos molestando a reporteros con preguntas mal hechas. Algunas veces nos dejaban acompañarlos a cubrir la información; otras, escribíamos alguna nota, íbamos a la tiendita de la esquina (“Muchachos, les encargo unos cigarros y una Coca, no sean malos”), o escuchábamos los consejos de Eugenia, la editora del área internacional; una treintañera parlanchina de ojos largos y almendrados que, con total paciencia, nos explicaba cómo limpiar las notas que llegaban contaminadas por los intereses no escritos de las agencias extranjeras.

Para ser un trabajo de medio tiempo y ganar un poco más del salario mínimo no estaba mal. Nos dejaba combinar la escuela con el periodismo cotidiano y tener la satisfacción familiar, y personal, de trabajar en el periódico que estaba reformando el oficio. “Mi Mercedes trabaja en La República”, presumía mi padre, como si yo fuera parte de un museo.

Ese 23 de marzo estábamos por apagar la computadora para ir a la Cineteca, cuando todo se trastocó.

-No mames. ¡Le dispararon a Colosio! -Manuel, reportero de guardia, levantó la voz, dejándose oír por todos.

-Localicen a Javier que está en Tijuana. Raúl, ¡prende la tele!- ordenó Carlos, nuestro jefe, mientras se acercaba con amplios pasos al televisor.

En el canal dos, Zabludovsky, con corbata negra y voz sombría, anunciaba las malas noticias.

-Estamos viendo imágenes de hace unos minutos en Tijuana. El señor candidato tiene dos impactos de bala en el abdomen y otro en el cerebro.

Matías y yo nos imbuimos en un silencio fúnebre, sin que ninguno de los dos se atreviera a romperlo.

-Pendejos, son unos pendejos -Matías diagnosticó por fin-. Tengo miedo, por el país, por nosotros.

Ladeó la cabeza y me abrazó, por más de cinco segundos. Yo me perdí en la sorpresa mientras los trópicos se desbalanceaban. Estaba temblando. Matías tomó aire y sonrió chueco, como si tuviera un discurso importante que pronunciar. Pensé que mi fascinación por él, fortalecida a lo largo de los meses, saldría del punto ciego en el que se encontraba. Matías siempre se había comportado indiferente, no había ido más allá de simples guiños y roces de cadera, tan tenues, que pasaban casi desapercibidos. A veces me tapaba los ojos abrazándome brevemente para jugarme una broma; me escondía la bolsa o robaba mi comida. No había nada más, y yo no me atrevía a mostrarle el camino; aunque estuviéramos casi todo el tiempo juntos.

-Mercedes, Matías, vayan a internacional, a ver qué reacciones alcanzó a cachar Eugenia -Carlos interrumpió mis ilusiones.

Fruncí los labios y seguí la sombra de Matías quien, ajeno a su costumbre, subió al segundo piso por el elevador.

-Vaya día, ¿no? – dijo.

-Bueno, tú querías vivir la historia y la estás viviendo -contesté como un reproche.

-Lo sé, pero me gustaría escribir la noticia, tomar decisiones; no sólo esperar a que el pinche Carlos me diga a dónde ir o me ponga a checar cables- se masajeó el cuello e hizo una pausa -. Señorita Mercedes de todos mis santos, me gustaría tomar las decisiones contigo… en ti.

Se acercó, me acarició el cuello y vació la furia contenida de todos esos meses en un beso etéreo, desordenado. A las 10 de la noche, declaraban muerto a Colosio, mientras Matías mordía mis labios y me hacía prometerle que jamás lo abandonaría.

VII

Desde el taxi, veo cómo los paraguas bailan arrítmicos, dibujando sombras sobre las fotos de los candidatos presidenciales. Los recuerdos vagan por Paseo de la Reforma, se mezclan en mi sangre, sellan mi aorta. El Ángel está vacío, repleto de un Matías y una Mercedes; casi adolescentes, que no supieron cumplir.

 VIII

-México va primero, Mercedes. Nuestra ética también. Nunca vamos a traicionarnos. Prométalo, señorita -eran mediados de agosto y restos de tarde le caían sobre la barba.

-Prometido. Que el padre Hidalgo sea testigo de honor -giré en torno suyo. Alcé la palma derecha en señal de juramento y le mordí la boca para sellar el pacto de ésa, nuestra pequeña revolución del ‘94.

-Y si me fallas, ¿qué hago? ¿Te afilió al PRI? -Matías me desordenó el pelo.

-Fácil, quien traicione se va… Y se afilia al PRI -mi risa se desgajó en su nuca.

-Olvídalo, jamás podríamos ser priistas. Ven acá.

En el recuerdo, Matías me arrastra hacia él. Ríe y da vueltas en mí. Corremos a ninguna parte, tal vez hacia sus sábanas pardas.

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