Carta a Carlitos de una tal Aura

Estimado Carlitos: Eres un granuja, mira que quitarme la belleza justo cuando estaba en el ápice de mi relación con Felipe. Baboso, ¿quién te crees? Lo peor es que acabé en el cuerpo de esa vieja repugnante que es Consuelo. Maldita vieja, me manejaba a su antojo, todo porque  quería evitar que los ojos se le difuminaran en la cara.

Pobre cosa amorfa. Quería recuperar a su general Llorente a como diera lugar. La hubieras visto. Todos los días machacando plantas sacadas de Dios sabe dónde para preparar su elixir. Me resultaba insoportable escuchar sus pasos ligeros, su latín mezclado en oraciones a san Gabriel (sanctificétur, sanctificétur), sus arengas a Saga (maldito conejo, ¿quién crees que limpiaba la mierda?).

Así hasta que la pobre vieja consiguió llevarme a su lado por tres días y sus noches. Apresurada, mandó a publicar el aviso dirigido a Felipe. Deseaba que apareciera pronto. Y él, por idiota o incrédulo, llegó cuando la vieja estaba por perderme.

Y yo ahí, a su lado, impaciente, limpiándole la mierda de las piernas, guardando mi verde para Felipe. Hasta que llegó (lo hubieras traído antes). La verdad lo imaginaba más guapo, más hombre, pero el encierro me hizo conformarme y, por consejo de la vieja, le volqué mi verde de inmediato. Pobre, se enamoró a la primera.

Por cierto, Carlitos, qué cosas se te ocurren. Lo del mayordomo invisible y el jardín inventado creo que te lo sacaste de la manga para acabar rápido el cuento (de seguro tenías a tu editor molestándote). Y luego esa costumbre tuya de que la vieja y yo comiéramos sólo riñones en salsa de cebolla. Qué asco. Hombre, le hubieras dado más variedad al asunto. De vez en cuando una carne decente, un buen vino, no esa porquería espesa que tomábamos. ¿Qué te costaba, Carlitos?

El pobre de Felipe aguantaba el menú por la promesa de mi verde. ¡Si supieras cómo me veía a los ojos! Se perdía en mi mar, en las olas que estallaban en los silencios del comedor. Y la vieja que me urgía para que lo sedujera. Según ella, el general Llorente era una maravilla en la cama, que la hacía levitar y bla, bla, bla. Cosas de viejas, ya sabes. Pero no niego que me divertí. Felipe sabía lo que hacía.

Por eso, querido granuja, te reprocho por sacarme del cuento sin que nadie te lo pidiera. Me estaba divirtiendo como nunca y tú vienes y me desapareces. Además, pobre Felipe, imagina la cara que hizo cuando su Aura se convirtió en la vieja Consuelo. Esas son groserías, Carlitos. En fin, saludos de quien no espera verte jamás.

Del concurso Carta de un personaje a su autor

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