De literatura oriental y otros cuentos

Crecí leyendo. Fábulas, cuentos, tiras cómicas, lo que fuera. Confieso que llegué a echar mano de mis libros de texto; los cuales, por una extraña razón, devoraba sin querer. A los 12 enloquecí por la Historia Interminable de Michael Ende. Al llegar a la adolescencia mis gustos mutaron a García Márquez, José Emilio Pacheco, Carlos Fuentes, Ibargüengoitia.

Con los años, tuve aciertos y desaciertos. Me vertí en historias maravillosas, de ésas que te trasladan a lugares diáfanos y luminosos, pero también caí en desilusiones, las que te hacen botar el libro al tercer capítulo. Sin embargo, casi todo fue en español, con los textos impregnados de Iberoamérica. Bajo el pretexto inventado de las falsas traducciones, no me atreví a explorar nuevos mundos. Hasta enero de este año, cuando Adriana de Villa, gurú personal y colega de vicio, me recomendó algunos libros surcoreanos. De ahí salté a la literatura japonesa- la que va más allá de Murakami-, para terminar la travesía con escritores afganos, libaneses y chinos.

Cuatro meses después me declaro admiradora de la literatura oriental y de Medio Oriente. Lloré con La vida Secreta de las Plantas de Lee Seung-U; sentí una especie de opresión en el estómago con Un Grito de Amor desde el Centro del Mundo de Kyoichi Katayama; los escalofríos me golpearon la espalda ante la belleza de El Cielo es Azul, la Tierra Blanca de Hiromi Kawakami; México y mis pasiones se me reflejaron en la novela política Los desorientados de Amin Maalouf; y descubrí que los best sellers  pueden ser tan hermosos como Cometas en el Cielo de Khaled Hosseini.

Aunque la muerte está presente en la mayoría de estas novelas, lo que podría ser un ambiente triste y desgarbado se difumina ante las descripciones; las palabras cuidadosamente seleccionadas; el paralelismo entre las estaciones del año y los sentimientos de los personajes; y el protagonismo que tiene la comida, sobre todo en las novelas japonesas (con El Cielo es Azul, la Tierra Blanca me volví experta en sake).

Ahora leo La Casa de las Bellas Durmientes del Nobel Yasunari Kawabata y me asombro ante la magia de las palabras. La historia de los ancianos que pagan enormes sumas por dormir  -sólo dormir- junto a bellísimas jóvenes, fue retomada por Gabriel García Márquez, quien la cita en su hermoso cuento El avión de la Bella Durmiente (“Quién iba a creerlo- me dije, con el amor propio exacerbado por la champaña: Yo anciano japonés a estas alturas”, ironiza como sólo él sabía hacerlo).

En esta aventura oriental aún tengo varios pendientes. Apenas he podido hojear las primeras páginas de Cisnes Salvajes de la china Jung Chan, y mi amigo Rodolfo Bermejo, excorresponsal de CNN en India, me ha recomendado a la periodista Arundathi Roy, y a Vickram Seth con su Suitable Boy (“Algún día ganará el Nobel con ese libro”, me advirtió).

Con los días, seguramente la lista aumentará. Y yo sólo puedo pensar en una especie de aleph de libros, oculto en alguna escalera perdida, bajo la cual me pueda tender y leer todos los libros orientales a un sólo tiempo, sin respirar, como esos ancianos japoneses que temen despertar a sus bellas durmientes de su sueño.

Publicado originalmente en: http://capitalcdmx.com/de-literatura-oriental-y-otros-cuentos/

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