De Mafalda y Príncipes de Asturias

Publicada originalmente en capitalcdmx.com

De Quino aprendí muchas cosas. Tenía seis, siete años cuando ya devoraba las historietas de Mafalda que me prestaban mis primas Ocampo. Tal vez no entendía la mitad (las entendí hasta mi adolescencia), pero Mafalda me enseñó a ver el mundo de otra forma: desparpajada, incrédula, irónicamente; cuestionándolo todo.

Con Mafalda aprendí que la política era una cosa de grandes, pero que sí se ponía voluntad, los problemas del mundo podrían arreglarse con los artificios de una niña (Bastaba ser intérprete de la ONU y traducir bondades para terminar con las guerras).

Entendí que si no quería acabar como Raquel, la madre de Mafalda, ahuyentando el polvo todo el día, debía olvidarme de ser una MMC (Mientras Me Caso) y concentrarme en los estudios (Mamá, ¿qué te gustaría ser si vivieras?, le preguntó una vez a quemarropa).

Permeada ya de esa filosofía, no soportaba a Susanita. Como Mafalda, me chocaba que su única aspiración en la vida fuera tener muchos hijitos y un marido guapo y millonario (“¿Te he contado que mi marido será un alto ejecutivo?”, le preguntaba a su amiga, quien la miraba incrédula). En cambio, admiraba a Libertad, pequeña, pero sabia, quien vivía en un departamento repleto de libros, tan diminuto que sus habitantes tenían que inventar un eco que lo hiciera parecer más grande.

De los chicos, Felipito era mi preferido: flojo, enamorado de la inasible Muriel, con una imaginación desbordada que lo hacía parecerse tanto a mí, a esa niña Cristina que a los siete años ya escribía (e inventaba) cuentos.

Manolito me caía mal, materialista y ambicioso, pero no lo culpaba por ser así. Era hijo de su padre, un español en el exilio que veía en el dinero la única forma de olvidar las penurias de la guerra.

En cambio, Miguelito era pura bondad e inocencia. El hijo que, estoy segura, hubieran querido los padres de Mafalda, quienes a base de Nervocalm aprendieron a lidiar con esa hija tan políticamente incorrecta.

Guille era punto y aparte. Sencillamente adorable con su chupete, su amor a la sopa y a Brigitte Bardot. Hermano menor que se pasaba todo el día persiguiendo a la tortuga Burocracia o dándose festines con la tierra de las macetas que su padre cuidaba con tanto fervor.

Muchas veces imaginé qué hubiera sido de los chicos si Quino no se hubiera hartado de ellos. Mafalda sería política o funcionaria de la ONU. Susanita una ama de casa infeliz casada con un marido guapo, pero mediocre. Felipe, escritor o periodista. Manolito seguiría con el negocio de su padre. Libertad sería víctima de la dictadura. Guille hermano a la sombra de y Miguelito un tipo normal y corriente, de esos que se conforman con ser feliz junto a la esposa y a los hijos.

Cuando fui a Buenos Aires pregunté sin éxito (en realidad me miraban como a una loca descarriada) si alguien sabía dónde vivía Mafalda, que si había una especie de museo – departamento en su honor. Ante la negativa, pensé que a los argentinos les faltaba ese capitalismo a ultranza de los gringos, quienes seguramente ya habrían organizado un tour por los lugares emblemáticos de la vida de Mafalda. Años después me enteré que se habían puesto las pilas y habían inaugurado una banca monumento a su enfant terrible favorita.

Ayer se supo que Quino ganó el premio Príncipe de Asturias de la Comunicación y Humanidades. Yo no pude más que sonreír; por él y por todas las lecciones que me dejó Mafalda. ¡Enhorabuena!

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