Fragmento de Saudade do mar (el inicio)

Fragmento de Saudade do Mar de la antología Mariposas de Humo (Ed. Endira. 2014).

La conoció en las oficinas de paredes blancas y asépticas del Instituto Nacional de Derechos de Autor. La mujer vestía camisa a cuadros y una falda maltrecha que le daban un aire melancólico y gris. Aunque no era muy vieja,  parecía mucho mayor. Con el andar desgarbado y voz tímida se acercó a Natalia Hernández, quien esperaba junto a la ventanilla número cinco.

–       Perdón, ¿aquí se recogen los certificados de autor? – preguntó  alisándose la falda con el dorso de la mano izquierda.

–       Sí, pero nos van llamando. Imagino que no tardarán.

–       ¿Espera desde hace mucho?

–       10 minutos, no más – contestó Natalia rozándose la nuca de cisne nerviosa, como si dudara de sus palabras.

–       Es que me dijeron a la una y ya son una y media. ¿Qué tal si ya me llamaron?

–       No, no se preocupe. Siempre bajan los certificados como al cuarto para las dos.

–       ¿Entonces tiene experiencia en el asunto? –los ojos grises recorrieron la juventud de la otra.

–       Sí, un poco.

 

Entonces Natalia se soltó murmurando en pasado remoto.  Con el hablar suave le contó a la anciana cómo a los 15 años se inscribió en un taller de teatro, a escondidas de sus padres, quienes veían en el arte una pérdida de tiempo, un oficio que jamás le daría para vivir.

Todas las tardes escapaba de su casa, inventando pretextos tan irreales que sus padres acabaron por creérselos. Arropada por esas mentiras, ensayaba de seis a ocho en un foro de butacas tristes de la colonia Roma.

Fue mujer fuego, anciana de catacumba y enamorada en el exilio. Murió cinco veces de tifoidea y se lanzó en aventuras de mundos tan inventados como reales. Así por año y medio, hasta que las coincidencias acabaron con el cuento.

Ernesto, el tramoyista, había caído sin remedio en los ojos de Natalia, pero era tan tímido que jamás se atrevió a cortejarla. Con la melancolía propia de los desahuciados por amor, todas las noches, al salir del teatro, lloraba su desgracia con Felipe, quien además de ser su mejor amigo,  era el carnicero de los Hernández.

Una tarde de mayo en la que el calor se había estancado tanto que provocaba que el sudor  se pegara a los huesos, Felipe reveló el secreto de Natalia. Fue sin querer, en medio de una plática casual con los padres de la joven. Estaban recargados en el mostrador de la carnicería, bebiendo cerveza para mitigar la canícula,  criticando entre risas a los actores de un TvyNovelas que Felipe había comprado para saciarse el aburrimiento.

Pensando que les hacía un bien, Felipe se paró derecho, se acomodó el delantal y soltó festivo, con la voz orgullosa de los que saben leer futuros:

<<Don Raúl, Doña Matilde, en una de ésas Natalia acaba en las telenovelas. Tan chula que está su niña, y con eso de que le ha dado por ser actriz del teatrito de la colonia Roma>>

Raúl no tuvo que preguntar más para intuir que su hija los había engañado. Bastó un silencio grave para tomar del brazo a su mujer y regresar a casa con el andar apesadumbrado y confundido. No hablaron mucho esa noche, pero decidieron seguirle el juego a la niña. Averiguaron cuándo sería la próxima función, para visitarla por sorpresa y echarle a perder los sueños de salir en la TV.

Llegaron tarde y se sentaron hasta atrás, ocultos tras una falsa columna corintia que dividía al teatro en dos. La condenada chamaca pagaría el atrevimiento, la jalarían de las greñas y, frente a toda la compañía, le harían jurar que acabaría con sus babosaditas de actriz.

Pero las cuentas les salieron mal. Esa noche Natalia estuvo gloriosa. Disfrazada de princesa medieval, interpretó con el alma el viejo papel de la doncella que se muere de amor sin saber bien por qué.

Impresionados ante el talento de su hija, Raúl y Matilde acabaron aplaudiéndole de pie, rabiosos, con las lágrimas  difuminando cualquier  intento de venganza. Al final, con el asombro aún a cuestas, se acercaron a su hija para decirle con voz endeble y brazos abiertos.

– Mija, si eso es lo que le gusta, a la chingada lo qué pensemos. Váyase en paz y disfrute de la artisteada.

Ya con la bendición de sus padres, se volcó en la carrera. Poco a poco fue creciendo como actriz. Los productores la buscaban con insistencia, incluso los de televisión, pero ella les dijo que no, interesada como estaba en el arte y no en la fama. Comenzó a escribir guiones, a interpretarlos y dirigirlos. Ahora tenía 30 años y cinco guiones que se habían presentado con mediano éxito en el mismo teatro de su adolescencia.

La vieja la miró con un dejo de envidia y apenas pudo balbucear.

–       En cambio yo soy nueva en estos menesteres. ¿Sabe?, escribí una canción.

¿Quiere que se la cante?

Natalia no dijo nada y la dejó hacer en silencio, pensando que eran caprichos de una vieja. Atenta, estiró las manos hasta llevarlas a los recovecos de su cadera izquierda, abrió los ojos marrones y, liviana, apenas sin molestar, le sonrió a la mujer, como dándole su aprobación.

Ante la señal, Adriana Rojas- la  otra mujer se llamaba Adriana Rojas-, cerró los ojos como añorando futuros, tomó aire y exhaló palabras desgarradas, con la voz rota de sus 73.

–       Ya no te voy a pensar. Jamás. Jamás. Te he olvidado ya sin pensar. Fuiste parte de mí. Ya no. Ya no. Ya no te voy a pensar. Jamás. Jamás – Adriana se vació en la copla, con una voz de jilguera que había conocido tiempos mejores, pero que aún conservaba la entereza de sus sentimientos.

–       Wow, qué bonita, debería mandársela a la D’Alessio – contestó Natalia apenas pestañeando, con la sonrisa descalabrada tapándole la ironía. Sin embargo, no pudo contener el absurdo gesto de alisarse las cejas pobladas con el dedo índice, señal de que estaba mintiendo. Daba igual, la anciana no se enteraría.

Mientras esperaba que la vieja contestara algo, Natalia pensó que la canción era horrible, sin ningún tipo de métrica o ritmo; sin embargo, el arrojo de Adriana la había conquistado.

El espacio vacío, con esa necesidad de buscar palabras para poder romperse, fue azotado por la voz ronca y potente del funcionario público, quien comenzó con su diatriba de apellidos, enumerándolos fría, mecánicamente, como si desde niño no  tuviera otra cosa que hacer.

–       Ya nos van a llamar- sonrió Natalia

–       Sí- contestó Adriana con la esperanza recorriéndole las mejillas.

–       Rojas Adriana – gritó el hombre.

–       Ésa soy yo.

–       Vamos, vaya allá y firme lo que le diga el señor- le dijo Natalia ante la sorpresa de la otra, que no atinaba qué hacer.

Adriana apenas se había dado la media vuelta cuando Natalia escuchó su nombre. Segura, con la experiencia de tantos años, se acercó resuelta y firmó sin ver, acostumbrada a la burocracia. Cuando acabó, vio a Adriana alejándose tímida, pero orgullosa, con el fólder que contenía el certificado de derechos de autor sobre el pecho escuálido.  Había algo en esa vieja que le llamaba la atención, por lo que corrió a alcanzarla.

–       Adriana, espérame – sin permiso había tuteado a la vieja- Quiero proponerte algo. Te invito a comer. Espero no tengas otros planes.

La anciana sonrió.

– A esta edad no tengo nada qué hacer. Vamos.

Salieron del edificio tomadas del brazo, como dos viejas amigas. Caminaron a paso tenue por la calle de Puebla, cuidándose de los estudiantes que corrían con la mirada clavada en sus celulares, como si el mundo no estuviera ahí.

Silenciosas, pasaron por heladerías salpicadas de color, cafeterías con olor a humedad y un puesto de comics atendido por dos hipsters trasnochados. En la esquina de Córdoba doblaron a la izquierda. Un minuto después, entraron a una fonda sencilla, de ésas que ofrecen menú completo por un billete de cincuenta. Adriana se decidió por la carne asada, Natalia apenas probó la pechuga de pollo con verduras. Hablaron de nimiedades, de la granizada del día anterior, de cómo las había sorprendido el temblor del Viernes Santo, de la muerte del poeta colombiano. Ya entradas en confianza, Natalia le dijo que vivía en unión libre con uno de sus productores. Adriana le confesó que era soltera, pero no por eso amargada ni mucho menos señorita. Lo dijo con voz de niña, haciendo cara de monja celestial.

El chiste les cayó bien. Rieron como dos colegialas que se intercambian aventuras del primer amor. Después, Adriana se puso seria, se pasó las manos por el cabello gris y en voz baja, como apenada, le preguntó a su nueva amiga:

–       ¿Quieres que te cuente la historia de mi canción?

–       Claro, me encantaría- sonrió a medias, entornando los ojos con curiosidad.

Adriana suspiró, se acomodó los puños de la camisa y, sin más, se dejó ir en el tiempo.

EN la imagen, presentación de Mariposas de humo en la FIL Guadalajara 2014.

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