Inicio de Infestados

Preludio

Grita. Sus palabras desgajan la piel, las chispas que emanan de su boca recorren su cuerpo, le provocan marejadas turbias en el estómago. El sudor de las olas invade su espalda. Se muerde los labios para no explotar.

Él la confronta. Susana tirita, desgarra su aliento hasta vaciarse, hasta dejarle claro que no se arrepiente.

Asustado, Toñito llega y se pega a sus rodillas. La mujer siente los dedos que se lo quitan y empujan su cara. Entre pedazos de luz, el niño se resiste: dibuja patadas en el aire, mueve las manos, golpea al hombre con los codos.

Ella camina hacia el cajón y toma el bulto negro, ajena, flotando quién sabe dónde.

– ¡No, Susana!

El ruido de su nombre se pierde con el otro rumor, seco y amargo.

El mundo oscurece. Sus sentidos se derriten, la infiltran hasta dejarla pisoteada. Segundos después, su conciencia resucita. Está endeble.

Sabe que fue su culpa.

Ella los mató.

I

El camino que ha transitado está cubierto de gris. Caminar no ha sido fácil, ha sido una carrera de obstáculos en la que jamás ha ganado, en la que el vestido que lleva puesto se ha enredado constantemente en la madera carcomida de su infancia, de su adolescencia, de su deshojada relación con Toño.

Susana López Jáuregui, flaca y silenciosa, ligera como las palabras que olvidamos pronunciar. La rubia de Arandas que vivió la vida sin su madre, sin su hermano, la que creció a la sombra triste del padre.

La aspirante a escritora que jamás ejerció porque conoció a Toño, y Toño le dibujó el cielo a dos manos hasta pintarle el cuerpo de un azul tan profundo que con el paso de los años tornó en mierda.

Susana López Jáuregui, diminuta, perdida, tendida en posición fetal sobre hierba regada con chapopote, a la que sólo tuvo acceso Santiago, el primo, el cómplice, el mago/salvador, el único capaz de limpiarle las penas con trapos impregnados de tíner.

Santiago Jáuregui, el incondicional; el que era como ella. El infestado.

II

El mal los persigue.

Es algo inherente a los Jáuregui.

Lo supo desde niño, cuando percibía la cojera de su padre goteando al amanecer sobre la alfombra; al acecho.

Mientras Santiago sorbía el jugo de naranja del desayuno, Jorge aparecía alto, imponente, apoyado sobre el bastón con la empuñadora de gárgolas negras y frías. El rostro enjuto de su padre escupía amenazas que caían sobre la bata de rayas cafés que apestaba a humedad. Babeante, Jorge daba la media vuelta y desaparecía. El niño no lo volvía a ver hasta el día siguiente antes de ir a la escuela; jamás los sábados, a veces los domingos.

Santiago pasó la mitad de la infancia adherido a la sonrisa de su madre, quien trataba de mitigar su tristeza con paseos al zoológico y reuniones con familiares maternos en los que el niño apenas se reconocía.  Así que decidió encerrarse en sí mismo.

Luego llegó Susana, y Santiago se identificó con ella. Era rubia y pequeña, como él; con los aires de melancolía de los Jáuregui. Desde que Santiago lo descubrió, supo que era una tristeza azul, como la suya, como su forma de transitar por ahí.

Con el tiempo, Santiago entendió que los Jáuregui estaban enfermos.

Todos.

Susana, Santiago, Lucía, la madre de ella, Jorge, el padre de él.

Eran desorden eterno. Infestados.

Pero Santiago transformó la melancolía en arte, y Susana sólo construyó edificios ardientes de caos.

Da igual. Ya todo da igual.

Los dos han llegado a su punto de quiebre.

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