Migración italiana

Esto venía en el primer borrador de la novela y, por cuestiones de estructura, quedó fuera, pero creo que a nivel periodístico es interesante, pues es un fiel reflejo de lo que me tocó vivir como migrante en Italia; de la absurda situación actual de muchos de ellos que son mis amigos y me siguen en redes sociales. Y sí, la mitad de los personajes son reales…

En tanto, crecí como periodista. Agarré confianza. Fui testigo de la caída de Romano Prodi y el resurgimiento de Berlusconi, símbolo de una Italia surrealista con veline en prime time y fiestas plagadas de ignominia.

Alguien tenía que pagar los platos rotos. Nadie mejor que los inmigrantes… 2008 fue el annus horribilis de los extranjeros. Se desató una persecución sin historia. El gobierno, dejándose llevar por los mitos de la inseguridad marrocchina, endureció los requisitos para la legalidad: ser clandestino se pagaba con cárcel.

Inmigrar legalmente se convirtió en utopía,  había que sortear el laberinto de la burocracia y sus diez mil papeles . La quota di flussi era palabra sagrada. Sólo se admitían cierto número de extranjeros al año, quienes debían tener asegurada una casa digna en Italia, so pena de no recibir los documentos.

En tanto, el mar del sur seguía vomitando pateras. Sus ocupantes era internados en centros de detención para ser devueltos lo antes posible. La única manera de salvarse era implorando persecución política. La respuesta era casi siempre un no.

Los sans papiers jugaban al equilibrio en el alambre de su clandestinidad. Invisibles, escapaban de la policía que constantemente hacía rondines pidiendo la carta d’identitá o el permesso di soggiorno.

Aunque por ley no se les podía negar atención médica de emergencia, huían de los hospitales por miedo a ser delatados. Muchos morían por enfermedades banales y sus cuerpos eran tirados al mar como si jamás hubiesen existido.

La persecución adquirió tintes medievales cuando, armados con fascismo y antorchas, algunos italianos empezaron a cazar ilegales durante las horas bajas de la madrugada. Apenas encontraban a uno, lo retenían para quebrarlo a insultos.

Los tiempos de Rosa Park resurgieron ilesos el día que, en plena capital, un distrito aprobó usar camiones exclusivos para gitanos. En algunos pueblos del norte comunista y liberal sus alcaldes exigieron un ingreso mínimo mensual para los forasteros.

Los inmigrantes legales tampoco la pasaban bien. Encontrar casa fue imposible. Era común ver anuncios de Si affitta tranne stranieri. Su preparación académica tampoco valía. Conocí a albaneses políglotas y de amplia cultura que sólo consiguieron trabajo limpiando cuartos de hotel.

A Ferdinando, un doctor angoleño que trabajaba para la FAO y al que entrevisté varias veces, le detenían el paso en los restaurantes, preguntándole si había pagado. Inamovible, sólo sonreía y les mostraba su voucher.

-Son cosas a las que te acostumbras – me dijo cuando presencié la escena.

Nuris no se dejó. No nos dejamos. En la ONG, en la que seguía colaborando- ahora como voluntaria- nos organizamos a quemarropa. Nos juntamos con otras asociaciones de extranjeros para crear la Manifestazione Proimmigrati. Queríamos gritar las razones de nuestra igualdad. Exigir la abrogación de las estúpidas leyes antiinmigrantes. Abrir conciencias y dejar claro que, carajo, todos tenemos necesidades, tristezas y orgullos.

Fijamos el 17 de octubre como fecha clave. El rumor empezó a crecer. Nos contactaron asociaciones de toda Italia. Vendrían decenas de camiones con inmigrantes desteñidos por tanto racismo. Los medios se interesaron y Nuris no paró de dar entrevistas. Incluso La Semana me pidió una crónica extensa con coyunturas y declaraciones.

Un lunes a primera hora se presentó Adriana, una mexicana brotante que vivía en Florencia. Bajita y exhalando sabiduría, me contó que era una víctima más del desdeño italiano. Aunque tenía una maestría en literatura inglesa y buscaba dar clases, en las oficinas de empleo le daban preferencia a locales con el inglés cargado del mediterráneo. Consumada por los no, puso a un lado sus afanes y dedicó su tiempo a la pintura. Sus obras eran de un realismo esperanzador. En tonos dorados plasmaba la cotidianidad, ésa que se te escapa fugaz de entre las manos.

Adriana se ofreció a realizar la imagen gráfica del 17 de octubre. En menos de tres días nos entregó un boceto en el que un nutrido grupo de manifestantes sin rostro desfilaba en un matinal de dorados y cobres. La imagen se reprodujo en camisetas y afiches por toda Roma … en media Italia.

XVIII

El 17 de octubre Roma era un murmullo creciente. A las tres partimos silenciosos desde la Piazza  de la Repubblica. El cortejo fúnebre ascendió impaciente por las calles del centro histórico.  En cada plaza se nos unían más sindicatos y asociaciones cargados con reclamos. La imagen de Adriana era omnipotente, testigo de las miles de historias de vejación y racismo.

En el caudal polícromo, Francesca, una anciana blanca y enjuta, caminaba huella a huella con Mamadou, un argelino que alzaba la voz de su clandestinidad.

–      Soy peor que un animal. Llevo meses esperando los papeles y siempre me encuentran pretextos.  Mientras, trabajo 15 horas diarias en los campos abruzzeses. Duermo sofocado en una barraca diminuta, sin agua, ni electricidad. Apenas como frutos secos y el agua para beber escasea. Es un infierno rodeado por castillos medievales – su reclamo se perdía entre cientos de reclamos.

La anciana romana asentía cómplice.

–      Mi vecina renta su apartamento, pero no acepta extranjeros por el sólo hecho de serlo. No importa si son legales o no.  Debido a que el espacio es pequeño y desahuciado, ningún comunitario lo quiere. La casa sigue vacía, y ella perdiendo dinero, cada vez más enferma de su odio antiinmigrante. Cara, quelle sono stronzate,  el Señor nos hizo iguales y pidió amarnos sin diferencias  – soltó envuelta en su abrigo rosa pálido, apenas sostenida por sus piernas asfixiadas por el dolor de los años.

Rozando el Coliseo se me acercó Jaqueline, una peruana con los vientos del sur arañándole la cara.

-Mercedes, qué bueno que te veo. Escribe por favor la historia de mi sobrina. Tuvo que viajar de emergencia a Cuzco. De regreso ya no la dejaron entrar. Resulta que el permesso di soggiorno se le había vencido días atrás y no pudo renovarlo en la Embajada de Lima. Allá le dijeron que no habría problema, que la cosa se arreglaba en Roma; acá me dijeron que todo se hace en Perú. Estoy hasta las bolas de la estúpida burocracia italiana.

Xiaoyan la interrumpió. Mitad china, mitad italiana, sufría el desdén de sus connacionales.

– No importa que haya nacido en Genova de madre italiana, que tenga el pasaporte europeo. Para los demás soy la cinese di merda que hace trampa y roba. Soy italiana de segunda clase. Desde chica, desde siempre. Estoy cansada de tanta mierda – amagó con las líneas de las manos.

(…)

Adriana apareció solar:

–      Somos miles, Mercedes. El gobierno tiene que escuchar. No hay de otra. Y gracias, gracias por tapizar Roma con mis Retablos sin Dios.

–      Tu talento lo amerita – sonreí-, ¿pero Retablos sin Dios? Te van a colgar por atea- bromeé

–      Simple contradicción, Mercedes, el dorado normalmente es utilizado para el lujo, lo sacro, la nobleza. Yo decidí usarlo para retratar al individuo de a pie, a la gente común y corriente; por eso Retablos sin Dios.

Su inteligencia me bloqueó, por lo que sólo atiné a abrazarla mientras el cortejo multicolor llegaba a su fin en el Campidoglio.  Para bien, Aleksander se me había perdido entre una marea de rasgos balcánicos.

Esa tarde, miles habíamos gritado sin hablar. Sin líderes ni discursos. Apenas en el Palazzo Senatorio rompimos el vacío con un No one is illegal que retumbó por las escaleras políglotas.

 

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