Retazos de Inmigrantes

El siguiente texto fue finalista del premio de periodismo italiano Claudio Accardi en el año 2008.

Tiene miedo, un terror joven pero ya experto. Se le nota en la cara lechosa, llena de cicatrices, y en la mirada opaca. No quiere decirme su nombre cuando lo encuentro vendiendo rosas en un café del centro de Bolzano. Dos italianas Armani lo ignoran; él les despliega las flores en la cara y las mujeres, sin inmutarse, siguen en su mundo. El marroquí no pasa de 17, pero tiembla, busca excusas, me da la vuelta.

– Soy legal, pero no quiero hablar contigo–las órbitas de los ojos se le escapan—. No confío en los periodistas.

– Vamos, no tengas miedo. Te muestro mi documento de identidad– busco tranquilizarlo–. Yo tambièn soy extranjera.

– No te puedo decir nada, vivo con mis padres, llegué aquí en avión legalmente.

Suda, las comisuras de los labios forman una sonrisa chueca. Apenas suelta que, cada día, vende cuatro flores, cuatro euros. “Nadie me compra”, afirma. Le creo; por las calles, el marroquí es un fantasma que avanza contracorriente. Es transparente, la gente lo roza sin tocarlo, lo escucha a ciegas. El muchacho corre, me promete que va a buscar a alguien que me ayude con el artículo. “Espera aquí, no tardo”, jura en una esquina. Sé que miente, pero aguardo. Pasan cinco minutos; el chico no vuelve. Me voy.

Nadie sabe exactamente cuàntos son. Todos los días, el mar del sur vomita pateras llenas de clandestinos. Segùn càlculos de Caritas, en Italia hay 350 mil inmigrantes ilegales. En 2002, el Gobierno, presionado por la Unión Europea, promulgó la ley Bossi-Fini, que endurece la lucha contra la clandestinidad aumentando la vigilancia y las deportaciones. Los resultados están a la vista: de 27 mil desembarcos ilegales producidos en 2002, se redujo a cinco mil en 2004, sin embargo, para 2008 el nùmero tuvo un aumento significativo hasta alcanzar los 25 mil desembarcos.

* * *
Judith Caballero es candela: alta, cuerpo altivo de mulata, pelo negro a la cadera. En la cara, anteojos Chanel, en los pies, unos Manolo Blahnik.

-Vamos- dice- te llevo a la parada del bus.

Veo el BMW todoterreno metálico, con asientos de piel blanca y temo estropearlos con mis zapatos sucios de primavera. Cubana, la mujer se casó hace siete años con un constructor italiano que la arrancó de la estrechez del socialismo para entregarla a los excesos capitalistas.

En el reproductor de sonido del auto, Celia Cruz alegra: “La vida es un carnaval”. La música apenas permite distinguir la voz de Judith.

-Así es, chica, tenemos una casa en Miami y vamos a cada rato. Nos gusta viajar—con sus dedos de uñas larguìsimas, recién pintadas, sube aún más el volumen —. Tenemos la ventaja de que el niño va al kinder.

– Te dejo acá porque voy pa’ mi casa en Gries (la zona cool de la ciudad). Mañana nos vamos a Londres- remata entre notas de salsa.

Bajo del BMW. La vida que es Carnaval aún resuena. Judith sabe que Celia no miente.

La cubana tuvo suerte. Casarse con un italiano es la forma más sencilla de lograr el permiso de estadía y, más adelante, la nacionalidad. De acuerdo con el ISTAT (Instituto Nacional de Estadísticas), en el país se celebran aproximadamente 24 mil matrimonios mixtos al año. Los hombres prefieren a las chicas provenientes de Europa del Este, América Latina y de los países de la Unión Europea; pues, segùn varias encuestas, ellas son “màs dulces y femeninas que las italianas”. Por su parte, las mujeres se inclinan por los norteafricanos.

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Joanna Kubasik no sabía qué esperar del futuro cuando bajó del autobús. Con sus ojos polacos, verdes y tiernos, buscó a su hermana, único punto de referencia en esa tierra nueva, donde conviven tres idiomas: alemán, italiano y ladino.

Un mes antes, en diciembre de 2005, había recibido una llamada en su casa del sur de Polonia que la tomò por sorpresa.

-Vente para el norte de Italia, a Bolzano –le dijo la hermana-. Te he conseguido trabajo de baby sitter

“Quería seguir estudiando en la Universidad, pero necesitaba dinero– dice ahora–además tenía miedo, pues no hablaba italiano y mi poco alemán era pésimo. ¿Cómo me iba a comunicar con los demás?”, su sonrisa se expande inspirando confianza.

Los temores se le diluyeron cuando llegó a su actual hogar, un espacioso departamento en Meltina, provincia de Bolzano. La familia la trató bien desde siempre y, al día siguiente, inscribió a la chica en un curso de alemán, lengua que hablan en esa casa.

“Estoy contenta, trabajo cuatro horas al día y los fines de semana los tengo libres. Extraño un poco mi pueblo, pero la gente de aquí es amable. Sin embargo, algún día me gustaría ahorrar lo suficiente para regresar a la escuela”, remata.

Italia es una país de ancianos. Muchos viven solos y se rehusan a cambiar su casa por un asilo. Por otro lado, una de las causas de la baja natalidad (1.26 hijos por mujer) es el hecho de que las trabajadoras no tienen con quién dejar a sus hijos. Ante esta problemática, en los últimos años ha crecido el número de las badanti: enfermeras, baby sitters y nanas que, por unos 600 euros al mes, cuidan de ancianos y niños. Según el ISTAT, hay más de medio millón de cuidadoras extranjeras, en su mayoría provenientes de Europa del Este y Latinoamérica. Se trata de personas preparadas, muchas veces con una carrera universitaria, que debido a la escasez de empleos en su naciòn, consiguen por medio de agencias especializadas un trabajo en Italia.

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Fàtima Azil es un remolino pequeño y elástico. Marroquì, bióloga y madre, combina sus clases en un Instituto con la presidencia de la Consulta Inmigrantes de Bolzano, el portavoz de los extranjeros ante el Gobierno de la ciudad. Hoy su intervención es el plato fuerte del primer encuentro de Asociaciones multiculturales.

Habla con personalidad, en un italiano de acento suave que matiza el discurso. Cuenta anécdotas forasteras y rìe, provocando que la cascada de rizos se le desparrame por el rostro. De pronto, aumenta la voz y dispara.

“Los extranjeros le hemos cambiado tono a la ciudad…trabajamos y vivimos aquí; queremos el derecho a votar, a elegir autoridades”, bombardea mientras los periodistas la cubren con flashes y grabadoras.

El auditorio aprueba con gestos. Los representantes oficiales tosen, se tocan el pelo, juguetean con las manos. Fàtima sigue reclamando derechos, educación y soluciones. Los medios se aburren y salen de puntillas: han conseguido la nota.

Las Asociaciones de y para inmigrantes son un lazo de unión entre connacionales, ayudan a la preservación de las costumbres y, sobre todo, orientan ante las complejas leyes. Asimismo, son el medio para que los inmigrantes comuniquen a las autoridades sus problemas.
De acuerdo con una encuesta de la Asociación Stranieri in Italia (Extranjeros en Italia,) la falta de vivienda, el idioma y el poco manejo de las normas y leyes constituyen los principales obstáculos para la total integración de los extranjeros a la cultura italiana.

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Mirza Zafardel tiene aires de triunfador, la cara color luna y un Rólex en la muñeca. Hace once años llegò a Italia procedente de Pakistàn.

“Empecé lavando pisos y, mírame ahora, tengo dos restaurantes: una pizzeria y este local especializado en Kebaps. Son los mejores de la ciudad —presume—prueba uno, yo invito”.

Còmo negarse a la oferta. Mato la espera curioseando el lugar, que se localiza en el sector pakistaní de Bolzano: unos pocos negocios alimentarios y de envío de dinero esparcidos en una calle cercana a la estación de trenes.

El lugar es pequeño, con dos mesas desgastadas y una barra de cristal con las especialidades del día. En la tele, un tipo de MTV urdu repite el mismo video con diferentes cantantes: una pareja atractiva baila, se toca, se enamora. La música es pegajosa, hipnotizan las palabras azul claro.

De pronto, como un vendaval, entran siete pakistaníes que se celebran entre abrazos de camadería. Piden agua, limonadas, refrescos. No distingo uno del otro; todos son luna, con el bigote abundante y el habla dulce e incomprensible.

Los pakistanìs se van pronto, me quedo sola observando las fotografías del Océano Indico y comiendo mi kebap extra grande.  Mirza me sonríe. En la calle, unos italianos perdidos gritan sin vergüenza: “Pakistaníes, ¡què asco!”.

El número de empresarios extranjeros se ha triplicado en el último lustro. Un estudio de Caritas señala que el año pasado había más de 165 mil empresas de inmigrantes—en su mayoría chinos o marroquíes–, las cuales daban trabajo a 230 mil personas, 30 mil de ellas italianas. El sector prevaleciente es el terciario, con una gran cantidad de tiendas de productos étnicos. En general, los italianos ven con buenos ojos estos negocios, aunque ONG’s han registrado casos de discriminación debido a la religión, nacionalidad o color de piel del propietario.

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