La vieja

A Mariana Xiarec. Por nuestras afinidades.

La vieja abre los ojos. Son grandes, del color de la arena. En sus pupilas, puedo oír el murmullo de mi nombre. Lo va filtrando poco a poco, como en un suspiro.

-Jorge, Jorge -dice antes de apretarme los dedos. En su boca, mi nombre huele a humedad.

La vieja había llegado a mi vida cuando apenas era un niño, después de la absurda muerte de mis padres. Julia, así se llamaba la vieja, era mi único familiar, la que me educó a punta de rezos.

Julia era soltera y sólo me tenía a mí. Crecí contaminado por el sonido de las cuentas del rosario al desgranarse después de la misa de siete. Además de la escuela de los claretianos, la iglesia era mi única salida. La vieja no me dejaba tener amigos. Durante mi infancia, tuve que rechazar las invitaciones a merendar de mis compañeros. Nunca fui a sus fiestas, jamás pisé una cancha de fútbol.

Mis cumpleaños los pasé rodeado de beatas desteñidas que cantaban padres nuestros y aleluyas. Después me llevaban a tomar chocolate caliente a una cafetería de Las Lomas que olía a azúcar quemada. Aburrido, separaba la nata de la leche mientras ellas deshacían la vida de los demás.

La vieja había heredado fortunas. Su padre, que era el padre de mi abuela, había aprovechado la confusión post revolucionaria para negociar con los nuevos dueños del país y construir carreteras por medio México.

Pero la vieja jamás gastaba en mí. Cada año me compraba siete pantalones con sus respectivas camisas y tres pares de zapatos. Apenas me compraba lo indispensable para la escuela, nunca me regaló más que libros con la vida de los santos ilustradas a colores. Comencé a odiarla.

El sonido de mi nombre choca contra los recuerdos. Julia respira con dificultad. Las palabras se le enredan. Confundidas, toman forma y se mezclan con el humo de la veladora que protege a los santos de su buró.

Con mis pensamientos recorro el rostro de Santa Clara. Sus ojos son dulces y profundos, como los de Elena, la que vino a cambiar mi mundo.

A los 17 años me harté de Julia y salí a vagar por ahí. Comencé a llegar tarde a casa, a soportar los discursos de falsa moralidad de la vieja. Descubrí el alcohol, el cigarro, la música y las mujeres. Sobre todo a las mujeres.

Una noche de octubre, Elena se me apareció con sus ojos grandes y su falda diminuta. Apenas pude reaccionar… caí en ella. Aunque yo era un adolescente flaco y desgarbado, tenía la sonrisa amplia y la mirada cortés. Fue suficiente para enamorarla. A los pocos días, tejí amaneceres pegado a su cintura.

Un jueves de enero nos fuimos a la playa sin avisar. Ahí, vimos al sol desmoronarse sobre las olas. Por primera vez fui feliz al borde de los ojos de Elena.

El olor de los gatos me regresa a la semioscuridad del cuarto de la vieja. Julia sigue escupiendo mi nombre. Cada vez más suave, cada vez más tenue. Sus dedos se escurren en la palma de mi mano. Un halo de luz se cuela en la habitación y se rompe en su cara, iluminándole las arrugas. De los labios se le escapa un Ave María.

Regresando a México, la vieja amenazó con desheredarme. Se negó a inscribirme en la universidad y me obligó a buscar trabajo. Fui repartidor de pizzas, lo que apenas me daba para vivir, pero Elena cada vez quería más. Le gustaban las cosas bonitas y la ropa de marca. Fue cuando me introduje en todo esto.

La respiración comienza a morir. Julia sigue viéndome asustada. Yo escapo en el recuerdo de la tarde lluviosa de septiembre. Todo fue tan fácil, bastó entregar las bolsas de polvo blanco para perderme una semana quién sabe dónde entre los labios de Elena.

El mercado empezó a crecer y yo a llenarme de dinero. Un día me armé de valor decidido a dejar a la vieja. Fue el martes pasado. Llegué al amanecer con Elena abrazada a mi cintura.

Julia estaba ahí. Con los brazos cruzados me retó. Quiso saber dónde había estado. Harto, me fui a mi cuarto sin contestar. Hurgué en el cajón. La mercancía no estaba. La punzada se me encajó en el estómago; la voz se adhirió a mi nuca, inquisitiva.

-¿Era lo que buscabas? -la voz cayó rota sobre el pavimento.

El recuerdo se diluye. Regresa a cuentagotas. Estoy ahí. Parado en medio de la habitación. Huele a café quemado. Julia me mira severo, blandiendo las bolsas rellenas de polvo blanco. Su figura se recorta en la luz dorada del amanecer.

Los párpados se nublan, el entendimiento se me nubla. Apenas noto mi mano sobre Julia. El odio de tantos años se me escapa. Los puños empujan a la vieja. Los gritos resuenan. Elena pide que no lo haga. Golpeo a la vieja. Una, dos, tres veces. Hay gritos. Después… el silencio.

Julia yace doblada en dos. Un hilo de sangre escapa de su boca. Elena me mira a los ojos. Siento su rechazo. Toma las bolsas con polvo y se va.

Ahora estoy aquí, sentado junto a la vieja. Ya casi no escucho su voz. Después del accidente la envolví en una colcha y la traje a su cama, junto a sus santos. Julia tiene derecho a morir con ellos. Apenas se vaya, pienso quemarlos. Arderá mi infancia, el Jorge que no quiero ser.

La vieja delira. Entre sus disparates finales, oigo el ruido de la puerta al abrirse. Alguien llega. Me pregunta cosas que no alcanzo a entender. Siento el frío del metal sobre mis muñecas. La voz dice que Julia ha muerto y que yo soy el único culpable.

El hombre me levanta a golpes; me conduce a una patrulla. Entro a empellones. En la ciudad anochece y las luces del pavimento chocan contra mi soledad.

…Estoy llorando. Creo que extrañaré a la vieja.

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