PRELUDIO CIRCULAR

Estás ahí.

Partida en cachos.

Rubia infinita.

Rota.

El barullo entorno a ti va creciendo. El humo de los sahumerios va cubriendo el pequeño espacio junto al altar en el que te encuentras, rodeada de vírgenes y santos sangrantes; como tú.

Un sacerdote se acerca y te rocía agua bendita. Les rocía agua bendita. No, no estás sola. Junto está él. A quien quisiste salvar de la maldición de ser un infestado.

Sabes que hiciste bien.

La gente sigue acercándose. Ves algunos flashes sobre tu cara, sobre su cuerpo.

La gente habla. Hace conjeturas. Te juzga.

Te hartas. Es mejor que te pierdas en la obscuridad que comienza a rodearte y te olvides de todo: de ser una infestada, de las culpas provocadas por tus pecados, de las palabras de los que te acusaban de no querer curarte; como si tu enfermedad pudiera curarse con sólo cerrar los ojos y desearlo.

Sí, es mejor perderse en las sombras de los monjes con capucha que te persiguen. Pero antes necesitas abrirte y recordar tu historia, contarla como si no fueras tú, en tercera persona, tal vez así comprendas la tristeza infinita anidada a tu corazón desde que eras una niña.

Tal vez así entiendan los otros y no juzguen a la ligera.

Tal vez así entendamos esas historias de infestados.

Tantas historias de infestados.

 

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