Infestados I

Susana no volvió a tocar el tema. Nunca le dijo nada a Toño. Se acostumbró a no decirle nada. Ni siquiera el día en que la tocó después de meses de no hacerlo. Fue en Guanajuato, cuando regresaban de la boda de un amigo de él.

Susana se había puesto un vestido negro y ceñido que resaltaba su cuerpo pequeño y firme. En la recepción Susana no había dicho mucho, solo fórmulas de cortesía para no quedar mal, para evitar el mal humor de Toño que siempre se quejaba de su falta de socialización.

Regresaron caminando al hotel. Sin tocarse. El sol caía sobre las casas rojas, parecía incendiarlas, hacerlas arder en una mezcla de llamas vivas, volátiles, de colores.

La luz cegaba todo. Sus pasos, las calles estrechas, el pavimento irregular, las piedras sin forma del pavimento. Toño iba caminado delante, pero Susana no lo veía. Era una sombra hecha de fragmentos.

Una anciana de sweater rojo cargaba una bolsa de mercado de dril. Atrás, el marido, un méndigo que caminaba apoyado en dos bastones, pedía limosna con la cabeza gacha, a murmullos. Si alguien se la negaba, maldecía.

Susana no vio al anciano, no lo quiso escuchar cegada por la luz, por las burbujas que una niña lanzaba entre las sombras que empezaban a caer.

Las burbujas chocaron contra las ruedas de las maletas de tres viajeros tardíos.

Contra las cámaras fotográficas de los turistas que caminaban junto a ellos.

Contra las capas de los estudiantes que cantaban a cambio de algunas monedas.

Contra las cabezas enormes de papel maché que bailaban sin rumbo.

Susana se perdió en todo eso y no escuchó la voz del anciano de las dos muletas pidiéndole una moneda por el amor de Dios.

El anciano blandió una de las muletas sobre ella, le mentó la madre, la llamó “vieja cabrona”.

Susana salió de su mutismo y volteó a ver al viejo que la miraba amenazante, sin parpadear. La mujer abrió su bolsa, sacó su monedero y sintió el tacón atrapado en una deformación de las piedras del pavimento.

Susana gritó mientras señalaba la sombra que pensaba era Toño.

Susana cayó.

Toño no vio nada.

No escuchó nada.

El anciano le tocó el hombro y señaló a Susana como si ésta fuera de su propiedad.

Toño recorrió los pasos que los separaban, le quitó el zapato, la levantó y se la llevó cargando.

Sintió su olor a gardenias rotas.

Recordó sus tiempos de estudiante, cuando Susana era un cervatillo frágil y asustadizo que representaba todo lo que él creía.

Los tiempos del silencio.

De imaginar una casa con árboles grandes y niños pequeños. Rubios.

Dos pupilas del color de la cajeta.

Recordó los paseos por el valle de Cuauhnáhuac, las vueltas por los pueblos que olían a guayaba recién cortada, a cecina recién hecha.

Los intentos infructuosos para llevarla a hoteles baratos cuyos balcones daban a plazas donde niños jugaban con trenes de plástico y balones desinflados.

Toño sintió el calor que emanaba de la nuca de Susana.

Olvidó la nuca de Asunción.

Sus caderas de matrona que se movían al compás del Golfo de Cortés.

Olvidó las caderas y las nucas de las otras.

Sintió el roce del cabello rubio de su esposa que estaba atado a la buena de Dios.

Las hebras que le caían sobre los hombros.

Sintió el amor de Susana.

La deseó otra vez. De nuevo.

Quiso besar sus labios delgados, la nariz recta, los párpados blanquizcos, sus pechos de adolescente que apenas se insinuaban bajo el vestido negro. Ceñido.

Al abrir la puerta del cuarto, Toño vio cómo la luna iluminaba al balcón, cómo quemaba el blanco de las sábanas.

Tumbó a su mujer sobre la cama y la besó.

Con ternura.

Con el amor de los primeros tiempos.

Con la decisión del día en que le propuso matrimonio.

La quiso otra vez.

De nuevo.

Un amor de fruta fresca.

De risa de muchacha en catedral.

De niños jugando en medio del jardín, con el mar de fondo.

Susana cerró los ojos.

Sintió cómo las bestias se le desdibujaban.

Sintió a las luciérnagas posándose sobre el centro de su piel.

Susana rogó que aquello fuera eterno.

Al mes, supo que estaba embarazada.

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